La embestida del COVID-19 puso al límite los sistemas de salud a nivel mundial. Pero más allá del recuento de casos y muertes, la pandemia hizo visible una verdad ya existente, pero convenientemente ignorada por muchos: la marcada desigualdad en el acceso a la atención médica.
Mientras determinadas naciones e individuos pudieron resguardarse, acceder a pruebas, tratamientos y vacunas, otros se quedaron atrás, lidiando con la enfermedad con escasos recursos o, directamente, sin ninguno.
Cuando el código postal determina el cuidado que recibes
La calidad de la atención médica durante la pandemia fluctuó drásticamente según la ubicación, el nivel socioeconómico, el origen étnico, e incluso el tipo de empleo.
En varias naciones, las comunidades más pobres o marginadas no solo tuvieron menos acceso a hospitales o centros de salud, sino que también sufrieron mayores tasas de contagio al vivir en hogares más pequeños, usar el transporte público o realizar trabajos esenciales sin opción de teletrabajo.
Mientras algunos podían refugiarse en casa protegidos, otros no tenían más remedio que exponerse diariamente.
La brecha digital en la asistencia sanitaria
Con la sobresaturación de los servicios presenciales, muchas consultas médicas migraron al entorno digital. Pero esto también generó una nueva forma de exclusión: la brecha digital.
Quienes carecían de dispositivos adecuados, acceso a internet o habilidades tecnológicas quedaron al margen del sistema. En particular, los ancianos, migrantes o residentes de zonas rurales vieron cómo su atención médica se volvía inalcanzable.
Vacunas: no todos avanzamos igual
La distribución de vacunas fue otro ejemplo claro de desigualdad. Mientras en algunos países se administraban terceras y cuartas dosis, en otros millones seguían sin recibir la primera. La llamada "vacunación global" se convirtió en una carrera desigual, donde los países con mayores recursos aseguraron dosis para su población mucho antes que los países empobrecidos.
Incluso dentro de los propios países, hubo diferencias. Las campañas de vacunación no siempre alcanzaron de manera clara o efectiva a todos los grupos: indocumentados, colectivos excluidos o quienes no hablaban el idioma local a menudo quedaron fuera del sistema.
¿Y ahora qué nos depara?
La pandemia evidenció que el derecho a la salud no siempre se garantiza equitativamente, a pesar de estar reconocido como un derecho humano fundamental. Es imprescindible repensar los sistemas sanitarios para que sean genuinamente universales, accesibles y equitativos.
Esto implica:
- Aumentar la inversión en atención primaria y en áreas rurales o desfavorecidas.
- Eliminar barreras económicas, administrativas y culturales para acceder a la salud.
- Asegurar que toda persona, sin importar su estatus legal, pueda recibir atención médica.
- Fomentar estrategias gubernamentales que aminoren las disparidades arraigadas (acceso a vivienda, formación y trabajo).
En resumen: una enseñanza que debemos tener siempre presente
La enfermedad por coronavirus fue, y sigue siendo, una crisis de salud, pero también un toque de conciencia. No es suficiente solo con atender a las personas que llegan al centro de salud. El verdadero bienestar colectivo empieza mucho antes: en las situaciones de vida, en la igualdad de acceso a la información, y en el respeto hacia la valía de todos.
La duda que surge ahora es: ¿tenemos la intención de crear un sistema más equitativo o continuaremos sin prestar atención a las personas a las que la crisis sanitaria dejó aún más desamparadas?
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